29 mar. 2010

Salvando lo que dices que puede que no todos tengan como norma ser honestos, creo que los recuerdos de los hechos del pasado no son propiamente recuerdos de hechos, sino recuerdos de cómo los percibimos en su día. Y la percepción de las cosas no es propiamente percepción de la realidad, una cosa inconmensurable, sino reconocimiento de imágenes previamente almacenadas de lo que presumimos ser la realidad. Percibimos fácilmente lo que ya está en nosotros, lo que postulamos ser la realidad, y con mucha dificultad los elementos nuevos o que no se ajustan a nuestras espectativas. Ajustamos la realidad a lo que de ella ya hay en nosotros. Y desde el momento que ya es nuestra, que ya la hemos integrado en nuestro ser, vamos modificando ese recuerdo a medida que nuestras experiencias nos van cambiando. Pero hay, creo, algo profundamente patológico cuando esos recuerdos distorsionan demasiado los hechos vividos. Si el mundo es objetivo, y no tenemos razones para creer que no lo sea, crecer, evolucionar, no puede ser otra cosa que adaptarse a ese mundo. Modificar la percepción del mundo para mantener inamovible nuestro ser es síntoma de algún malsano desorden interior. de El café de Fernando

es una cuestión de actitud interna.

19 mar. 2010

adultez

Recientemente nos contaba un amigo que había estado en la selva amazónica de Brasil, que un día dos niños de cuatro años se fueron solos a pescar al río, pescaron unos peces y luego los cocinaron e invitaron a nuestro amigo a comer. (de la nota 3 capítulo 3 segunda parte de "la represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente")

Me fijo en la Cindy que es la perra más inteligente que he tenido. Tiene un año y cinco meses y ya sabe todo lo que hay que saber sobre la ciudad. Además, la han criado sesenta gatos de un solar, que es como si el hada madrina de los gatos la hubiera tocado con la varita mágica de conceder virtudes. Hoy no nos acompaña ningún gato en el paseíllo, son fiestas y hay mucho follón en la calle, y la Cindy no tiene pues nadie más a quien cuidar. ¿Qué más puedo enseñarle a la Cindy? Está en la flor de la vida y llena de ansias de aprender más, y sin embargo ya lo sabe todo. ¡Qué decepción cuando comprenda que no hay más! ¿Qué les queda a nuestros perros sino volverse como nosotros, viciosos, tragones y drogadictos? ¡Ay! Y los míos tienen suerte... ¿Qué les queda a las demás especies de animales, si quieren sobrevivir, sino volverse como nuestros perros? Como nuestros perros... Hummm... Por eso los animales son salvajes; tienen un poco de dignidad.

Observad conmigo, amigos míos, mientras el horrible mundo que hemos creado se desmorona y se lleva consigo el que Dios había creado, una de las últimas luchas honestas que habrá en el mundo: la lucha entre la avaricia humana (que quiere poseer todo tipo de peluches y a cambio ofrece la supervivencia) y la dignidad de los animales salvajes, que no quieren acabar como los perros.

11 mar. 2010

Jugamos con la muerte para sentirnos vivos.

Me lo contaron anoche:

"Conocí en la cárcel a uno que había atropellado a una madre y a su hija. Estaba en la celda de al lado, y se machacaba la cabeza contra la pared. Yo oía los golpes: bum! bum! y me estremecía.
Él era camionero. La mujer había cruzado por delante de un autobús empujando el carrito. Se los había encontrado de golpe. No pudo hacer nada.
Había sido un accidente, pero los funcionarios se lo recalcaban "¡has matado a esa gente!" y le llamaban asesino.

8 mar. 2010

Malestar

Habíamos tomado una de esas sustancias que aumentan la empatía temporalmente y estábamos en su casa, cómodamente instalados frente al televisor, arañandole a la noche los últimos momentos de anonimato. Yo estaba en el suelo con una manta. El otro colega dormía ya, muy pálido, en un sofá. 

Ya amanecía. Ella se disponía a echarse a dormir. Me enseñó las pastillas que tomaba: Esta para la esquizofrenia, estas para dormir, esta para el cáncer... Inquirí.
Me contestó.
Hice un gesto.
.- ¿quieres ver? -me preguntó.
.- Más bien tocar -le contesté.
.- No notarías nada -dijo- y se levantó la camiseta.
De repente entendí por qué en su habitación los sujetadores me habían parecido tan grandes:
.- ¿Te enrollas con una chica? -había preguntado yo.
.- No. Son míos -había contestado ella- pero a mí no me había encajado el tamaño.
Ahora veía por qué: del interior de la copa izquierda, donde no debería haber hueco para nada, sacó un pañuelo de cuello. Luego apartó el sujetador: no tenía pecho. Un gran tijeretazo recorría su pecho desde la izquierda hasta casi el esternón a la altura de la base de la mama: había una fea cicatriz, con los bordes en desnivel, umbilicada, de color más oscuro que la piel. 
Otra sajadura algo más pequeña, disimétrica, ligeramente convergente cruzaba cuatro dedos más arriba. Entre las dos el espacio donde debía haber estado el pecho se veía ligeramentre abombado. No puede ser tejido mamario, pensé mientras ponía mi mano encima. No lo era, no sé qué era, era blando.
.- Me tuvieron que rellenar con piel de la espalda -dijo- y se giró para que lo viera. Otra gran cicatriz...
Volvió a girarse y entonces vi junto a la parte herida el pecho más asustado que había visto en los últimos 20... 23 años. 
.- ¿Quieres tocar mi pechito? -dijo.
Era obvio que sí. Puse la mano encima pero ella se tapó enseguida. Volvió a cubrirse con el sujetador, la camisa, el jersey y la chaqueta. Yo me quedé pensando... 20 años antes me había costado dos días despertar un pecho parecido; con los pezones hundidos, la areola fláccida, el color gris uniforme. 
.- Pensaba que no tenía sensibilidad en el pecho -me había dicho ella. Pero sí la tenía, y sus pechos en unos días se habían vuelto hermosos y orgullosos... Pero eso había pasado hacía más de 20 años, cuando yo aún era joven y guapo, y noble y puro. Y la chica quería vivir y curarse. 
Ahora me encontraba en el comedor de una casa desahuciada, oyendo de fondo las tonterías que hacen en la tele de madrugada, mientras la chica de hoy se había acomodado en el sofá, acompañada de sus dos animales castrados, y buscaba sobre la mesa algún resto de sustancia embriagadora a la vez que esperaba que el concentrado de sueño hiciera su efecto.

Cuando empezó a roncar, desperté a mi amigo y nos fuimos en silencio.